CUANDO CUMPLES 30 ( Y TIENES UN HIJO) – SEGUNDA PARTE

Cuando cumples 30 (y tienes un hijo) no te cambia sólo la vida, te cambia la forma de pensar.

Los gin tónics te apetecen más que nada en el mundo, saldrías de fiesta hasta las 7 de la mañana cada fín de semana, y hasta te irías a desayunar cuando tu eres de las que no te entra nada por las mañanas.

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Cuando cumples 30 ( y tienes un hijo) te entra un complejo de persona pereza total.

Tú solo piensas en purés, cacas y percentiles, y no quieres hablar de eso, pero no lo puedes evitar. Cada vez que sale el tema te vienes arriba y solamente te sientes comprendida por las otras madres que te dan daban la misma pereza que tú a ti misma.

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Cuando cumples 30 (y tienes un hijo pero tus amigas no)  te sientes una marciana cuando quedáis a cenar.

No puedes seguir la conversaciones y piensas “¿será verdad que después del embarazo he perdido neuronas?” Y sólo deseas que una de ellas, aunque sea una, se quede embarazada ¡y de gemelos! Para que vea lo que es bueno.

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Cuando cumples 30 (y tienes un hijo) –y empieza septiembre y su #operaciónmehepuestocomoelkikoesteveranoytengoqueadelgazar se produce un cataclismo.

Y te encuentras a ti misma, (de repente y sin saber cómo ha podido pasar esto) apuntándote a Pilates con las otras madres de tu urbanización, en lugar de inscribirte en el #gymdemoda (donde según me cuenta mi amiga Anamery, hasta se liga) como hubieses hecho con 29.

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Cuando cumples 30 (y tienes un hijo) lo de actualizar el blog, y dormir del tirón se convierte en algo del pasado.

Y de repente, durante el día, así sin más, te encuentras durmiendo en cualquier parte (o con muchas ganas de ello).

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Pero, no pasa nada, porque lo más importante de todo es que cuando cumples 30 (y tienes un hijo) te vuelves a enamorar.

  Y es mucho mejor que el primer amor, que el amor a primera vista, y que todo lo que hayas conocido hasta entonces.

mama e hija